Convergència mueve ficha. No ha colado el farol. Para chulos, los antisistema. Han perdido el pulso. Mas se retira alzando al aire el dedo advirtiendo que lo suyo no es un adiós. Pobre espantapájaros. Si de verdad este tío vuelve a primera línea política y su "paso al lado" no conlleva un hundimiento progresivo, podemos gritar en alto que nuestro sistema democrático está más que jodido. Lo triste es que es ciertamente plausible. Lo triste es que me lo creo. No por la veracidad que pueda conceder a su palabra (veracidad que se descalabra en cuanto asoma un ojo por la hemeroteca: Retrocedamos unos días para topar con sus ahora irrisorias "ganes de plantar cara a alguns d'aquí que posen les coses excessivament difícils"), sino por ser consciente de que el stablishment está lo suficientemente corrompido como para que la satisfacción de favores se emplace a un momento menos convulso, menos llamativo.
Para salir del paso -por otra parte, porque dudo que el pobre dé para más-, se ha colocado en la presidencia a Carles Puigmenont, antítesis de Arturito. En el lado bueno de este antagonismo está el inmaculado historial que supongo tendrá el escogido, siendo, probablemente, el menos salpicado dentro del consabido corrupto partido. En el lado malo, que carece por completo del carisma, la arrogancia y la apostura que poseía el que lo precede -actitud clave, mucho más, para un momento como este-. Puigdemont, por si no lo han advertido, además de feo, mustio y con voz de pito, es la personificación del café descafeinado, de la cerveza sin alcohol, de la ensalada sin sal, el amigo que se queda en una esquina y, tímidamente, sin abrir el pico, sonríe. Actitud que, por otra parte, junto con unos determinados ideales y la fidelidad a un partido, lo ha colocado en este sitio. No resta pero tampoco suma. Representa a la perfección el guiñol, el títere, un recurso en manos del partido: Solo hay que ver la imagen con Mas en su renuncia, donde el experimentado y atractivo líder de la manada le echa el brazo por encima al macho beta, gamma, delta, épsilon..., omega, porque momentáneamente lo necesita. El otro, atolondrado, superado, sonríe, regocijado bajo la encomienda que él, intuyo, creerá justificada, merecida.
Punto de más -de menos, es ironía- para demérito en la deriva que está tomando la pretendida República es el carácter provinciano que viene asumiendo desde hace un tiempo Cataluña, la cerrazón rural, el nacionalismo cateto y palurdo, la patada al cosmopolitismo de la pasada Barcelona, capital artística, y el enarbolamiento como doctrina del pensamiento payés. Ideario de Masía. Tendencia que Puigdemont, pueblerino que es y procediendo de donde procede, siempre que desde instancias más altas se le conceda alguna capacidad de iniciativa, supongo afianzará.
Amigos catalanes, estáis jodidos.
miércoles, 13 de enero de 2016
lunes, 11 de enero de 2016
David Bowie is (not) dead
Y no, no me estoy refiriendo al pedante sentido artístico que proclama el significado estúpido de que cada autor vivirá mientras lo haga su obra. Olvídenlo, deséchenlo, descártenlo, no van por ahí los tiros. Me refiero a que Bowie, simplemente, no está muerto, que sigue vivo y coleando -o culeando (con el historial que tiene, váyanse a saber)-.
No busco aquí, ni mucho menos, enarbolar una fantasiosa teoría de las que durante el siglo veinte han versado sobre la continuada existencia de Hitler o Elvis con aquí el hoy publicitado Duque Blanco, únicamente quiero señalar lo que a todas luces me parece un producto de marketing que traspasa un límite que a cualquier paleto le debe producir vértigo, pero que a un provocador nato como es Bowie, al fin y al cabo, se la debe de sudar por completo. Fingir la propia muerte, ¿y qué? Tiene su punto. Ver cómo todos los medios dedican unos minutos a tu persona, colocan un par de éxitos tuyos mientras pasan tus fotografías y, entretanto, tú lo ves -te ves- desde el sillón de tu casa. Si alguien es el indicado para hacer eso, ese, queridos amigos, es David Bowie. ¡Era Ziggy Stardust a inicios de los 70 cuando la vestimenta de los demás caballeros variaba entre la chaqueta gris o marrón! ¡Hacía tríos con Mick Jagger y su señora esposa cuando a la mayor parte de la población le daba reparos hablar de la virginidad! ¿Qué sería, comparado con la cantidad de barreras que ha destrozado este artista, fingir la propia muerte en pleno siglo XXI? Quizás una provocación un tanto más profunda -lejos de eso, nada más-.
Quiero decir, joder, su último single que sacó hace unos días -sí, unos días-, se llama Lazarus (Lázaro para los menos avispados), el hermano de María y Marta, el que vivía en Betania, el amigo de Jesús, ¡el que retornó de los muertos! ¿Soy el único que ha pesando eso, dios santo? ¿Tan obstusas son las mentes que me rodean? ¿Tan encantados se tragan lo que enuncian los medios de comunicación que a su vez se han tragado previamente, crédulos, un par de comunicados del entorno del cantante? Cierto es que uno de ellos es de su hijo, Duncan Jones, pero tampoco de este puede decirse -a juzgar por su filmografía- que habite en la más estricta ortodoxia, dándole pavor publicar un comentario como tal si así fuera necesario.
No me extrañaría pues, de ninguna manera, que en un homenaje al cantante o acto similar, apareciera él mismo cantando Lazarus, así, a bote pronto, ante el shock de la audiencia, ante el delirio de los fans, el pajeo de los modernitos y el recelo de los retrógrados comentando que ante temas como estos no se debe jugar. No me extrañaría que se montase una gira de las que he leído que no hacía desde el 2006. Y no me extrañaria que obtuviera unos beneficios que ni los seniles Rolling Stones en sus últimas aventuras. Repito, no me extrañaría.
El tiempo dirá, en cambio, si me he equivocado y estoy haciendo el gilipollas tocando un tema al que la mayoría le da cierto reparo. Se me ha ocurrido y lo he escrito, para qué argumentar más... ¡Esto es libertad de expresión!
martes, 5 de enero de 2016
NO. Rotundo y sin paliativo. Comienzan a rodar cabezas: Baños, fuera. La cosa se pone interesante. La causa independentista se consume en sus propias llamaradas. Las ventiscas externas ya no sirven de nada, es desde dentro donde el proceso motu proprio se torpedea. Cartas bocarriba. Greñas con greñas, corbatas con corbatas.
Hay especuladores que argumentan la espantada del líder de los antisistema con vistas a un futuro político para su persona. El egoísmo del tópico catalán cobra lastimosas realidades; cada cual mirando por salvar su propio culo. Futuro que, ante el derrumbe de su ex-partido en unas probables nuevas elecciones, parece que tendrá lugar en ERC, los más que probables beneficiados de unos nuevos comicios. Irán estos solos, sin absurdas coaliciones, desligándose así del más que comprobado lastre. Junqueras sigue en la retaguardia, pero se le aprecia henchido, tomando aire, preparándose a volar: La CUP lo ve ya como candidato idóneo aunque él no da un paso al frente, a saber por dónde lo tendrá cogido CDC para que siga agazapado, doblegado, estando donde está. Supongo que esperará a las urnas, al igual que todos si queremos saber más...
lunes, 4 de enero de 2016
Horns
Atraído por mi candidez sempiterna, el aburrimiento y un fascinante cartel que elucubraba una combinación de mitología y misterio con un cásting sumamente aceptable, caí. Así es, queridos amigos, he de reconocer que caí.
Mi fascinante Providencia me quiso advertir que esquivara lo que me disponía a hacer cuando, al darle al play, se bloqueó el dvd. Tozudo como buen pueblerino que soy, ignorando señales, me empeñé en reanudar el proceso. Y volvió a fallar. Y yo volví a reanudarlo. Una vez. Y otra. Y otra. Hasta que la fuerza que me protegía, viendo lo cazurro de su protegido, optó por despejar la vía a mi emperrado albedrío y que mi propia decisión acabara por darme de bruces. Cosa que hizo, y bien fuerte.
Aparecieron en pantalla dos jovencitos abrazados que, tras un breve diálogo, desaparecen, comenzando la trama. Trama que pese a ser una inconmensurable cagada, sin darte reiteradamente más aliciente que presionar desesperado el botón de stop y dedicar tu tiempo a otra cosa, de un modo inexplicable, me mantuvo expectante hasta el final de la película. Quería saber cómo acababa toda aquella mierda. Aplaudan mi tolerancia.
Versa el estrafalario guión sobre una parejita que se hace trizas. No les diré el motivo para no destrozarles la expectativa pero, sin son cautos, ahoguen ahora que están a tiempo esa expectativa, corran de ella, huyan. El caso, entrando en materia, es que la chica de la pareja (Juno Temple) se esfuma, nadie sabe nada, ni el propio protagonista (Daniel Radcliffe), al que, en un orden de cosas totalmente razonable y lógico -entiéndase la ironía-, después de tirarse a una camarera, le salen cuernos (a él, sí). Y la peña comienza a confesarle conspicuos pensamientos que los reconcomen en su fuero más interno. O a pedirle consejo, no me queda del todo claro porque la cosa en el momento de su visionado se representa tan absurda que cualquier análisis, mucho más si este es a posteriori, no puede transcribirse y que suene medianamente sensato.
El chico, notorio pagafantas, intenta reconstruir la desaparición de su amada, comenzando un proceso en el que, además del crecimiento de sus cuernos (va a consultar a un especialista que termina tirándose a su ayudante delante de él; siento el spoiler pero era necesario comentarlo), se cuelga una serpiente al cuello, se provee de una horquilla (para los metropolitanos: Un apero de labranza con forma de tridente) y tomada conciencia de su papel, ala, a ajusticiar se dijo.
Yo era plenamente consciente de la porquería que me estaba tragando pero seguía sin despegar mi mirada de la pantalla. Es que era tan mala que escapaba de ese calificativo; no podía evaluarse, traspasaba el límite.
La persona que me acompañaba, previa reprimenda preguntándome qué carajo había puesto, confesó que era la película más mala que había visto en su vida. En su vida.
Por si fuera poco, por si no hubiera habido bastante, después de tan tremebunda y desconcertante basura, los artistas encargados de la elaboración de la película, dudosos de si no podrían hacer algo más, de si le quedaría un rescoldo a la crítica, brindan sin complejo alguno un desenlace sentimentaloide y ñoño. Con dos cojones.
Como conclusión ante el descalabro, solo me resta una pregunta. Impávido ya ante porquerías (he visto alguna que otra y no me asustan), el interrogante que me empuja es: ¿Qué coño hacen actores de la talla y trayectoria de Max Minghella (La Red Social, Ágora) o David Morse (La milla verde, En tierra hostil), o incluso Heather Graham, en semejante bodrio? ¿Qué les han dado? Podría entenderse todavía la presencia de Daniel Radcliffe, desesperado por arrancarse a tiras con proyectos irreverentes y políticamente incorrectos la imagen de Harry Potter, pero los demás, de verdad que se me escapa.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Continuará el 2 de enero...
Asamblea de la CUP. Domingo. 27 de Diciembre. El destino de Cataluña está en manos de un grupo de antisistemas -como tanto se pajean los medios de comunicación al nombrarlos-, aunque, si hablamos con propiedad, y a efectos verdaderamente prácticos, lo que se dirime aquí es el futuro político del antaño President, ahora aspirante a reelecto.
Arturito, ya convencido de que se ha bajado los pantalones todo lo que se los podía bajar, aguarda. Una cosa es que esté dispuesto a delegar competencias y otra, muy distinta, es que ponga su cargo a disposición del objetivo por el que lleva años peleando. Convertiriáse en ese caso en mártir y, como es sabido, los martirios solo conllevan recompensa en una plausible vida ultraterrena. El señor Mas, como buen hijo de vecino, quiere coger tajada, y quiere hacerlo en esta. Que los idólatras se pajeen con Maciàs y Ramones Berengueres; en pleno siglo XXI, prima la realpolitik. ¿Autoinmolarse a la espera de una ilusa canonización en los altares del República Catalana? ¡Ja! Preferible es colocarse en primera plana de la vorágine de un proceso que, sea por donde sea, acabará por estallar. Su figura política está muerta, qué más da. Al fin y al cabo, supongo que su perspectiva será la misma que la de cualquiera con un mínimo conocimiento político, es la única vía que le queda. Atar, con doble amarre -pesase a quien pesase- su futuro al de la Independència. Rojo o negro. Doble o nada. Me recuerda el señor Mas al patrio mito del Cid, aunque aquí el procedimiento viene siendo a la inversa: Mientras que el loado Díaz de Vivar, ante el sitio de Valencia, fue aupado, ya cadáver, a los lomos de Babieca, imprimiendo pavor y la consiguiente retirada entre el enemigo sarraceno; aquí, Monsieur Artur, también cadáver, trata de auparse, por si mismo (y con la abstención de alguno), al cabalgar del proceso, proveyendo de aliciente al enemigo y de lastre al compañero. Egoísmo al décimo exponente. Viva imagen de la política de nuestro tiempo. La filosofía para los filósofos. Los principios, para quien pueda tenerlos.
¿Un político luchando por los intereses propios? Nihil sub sole novum. El ridículo comienza con respecto a la reacción del resto. ¿Qué clase de intereses debe haber tras toda la parafernalia para que aún siga encabezando la principal alternativa? ¿Qué clase de intereses debe haber tras todo para que un tío como Oriol Junqueras que ha priorizado la Independencia sobre cualquier materia -política, económica o social-, permanezca amordazado y al regazo? ¿Qué clase de intereses debe haber para que un grupo de desarrapados antisistema (sé que lo dije antes; busco igualar las veces que lo han dicho los medios...) provoque un absurdo irrisorio que para la historia queda, resultando de una votación (a todas luces amañada -pucherazo es el término castellano-) un increíble empate técnico? Ha de recalcarse que la votación era para decapitar políticamente a un burgués de la derecha más casposa. ¿Qué debe haber detrás, por Dios?
La decisión ha sido pospuesta al 2 de enero. Sinceramente, no sé a qué esperan, si un cataclismo con el año nuevo, una renuncia de Mas embriagado por el espíritu navideño..., de verdad que lo ignoro. Lo cierto y verdad es que si esta panda sin principio alguno va a ser la guía de un país en su nacimiento...
domingo, 6 de diciembre de 2015
Child of God

Fue (para llevar la contraria, como siempre) la película lo
que me llevó al libro. Llevaba un tiempo siguiendo a James Franco, el típico
guapito mimado por la industria que a nivel interpretativo, y a pesar de su
juventud, ya lo había hecho todo: Encarnado con sobrada solvencia a James Dean.
Codearse en pantalla con De Niro -comiéndoselo, encima-. Participado
(luciéndose, de igual modo) en la superproducción que daría el pistoletazo de
salida a toda la avalancha de adaptaciones cinematográficas de superhéroes del
cómic -señero índice del éxito-. Actuado bajo las órdenes de tótems
contemporáneos del séptimo arte norteamericano como Paul Haggis o Gus Van Sant
-dando con este último una notable contrapartida a un Sean Penn ganador del
Oscar-. (Nominación que él obtendría bajo las órdenes del director británico
con el que, por su último -y no único- pelotazo, todos querían trabajar).
También tuvo parte en sus correspondientes bodrios con los que procedería a
llenarse los bolsillos (véase Noche loca; Come, reza, ama...). Estaba, pues, en
la cima. ¿Qué le quedaba?
No fue puesto en mi camino, sin embargo, por lo mencionado
(filmografía que cualquier guaperas sin más inquietudes que la de ser
reconocido por hacer películas medianamente pasables pudiera soñar). Apareció
en mi vida tras ver Howl, la adaptación del poema de Ginsberg. Películón, por
si no la han visto.
Pasado un tiempo, llegó a mí que ese chico también dirigía,
y que uno de sus proyectos era la adaptación de la vida de otro poeta, Hart
Crane. Los focos de mi atención se cernieron entonces sin consideración alguna
sobre su agradable figura.
Investigué un poco y me enteré de que durante toda la
vorágine de éxitos arriba reseñados, el chico había estado matriculado en
Filología Inglesa por la UCLA, realizando acto seguido un posgrado de
Literatura en Columbia y doctorándose en Filología por Yale. Tócate los huevos.
Mientras cualquier hijo de vecino se hubiese atracado con las mieles que le
concedían semejantes triunfos (entiéndase coños, coches, mansiones, drogas,
fiestas a todo trapo...) este chaval se había estado titulando en las
universidades más reputadas del continente americano. Permítanme que me repita:
Tócate los huevos.
Y con una nueva superproducción, Spring Breakers, él mismo
-sí, él mismo- postulaba su merecimiento al Oscar. Cada vez me caía mejor este
tío. De la película decir que, pese al ensañamiento de más de un crítico, su
fotografía es exquisita y, salvando lo burdo y chabacano del enfoque en su
papel (exculpémoslo, es el mal gusto de nuestros tiempos que lo exige por
conceder realismo), cualquiera con unas mínimas nociones de mitología griega y
Dionisos, puede poco menos que aplaudirlo.
Bien, pues tras todo ello, vino su verdadero debut -para mí-
en la dirección. Ya consolidado. Ya "maduro". Formado y conformado en
el aspecto literario, se decidió a llevar al cine un clásico contemporáneo:
Child of God. He de confesar que hasta el momento no sabía de la novela.
Conocía a Cormac McCarthy, por supuesto, pero no tenía conocimiento de esta
obra en cuestión, por ello digo que fue la película la que me llevó al libro.
Erróneamente, y como casi todo el mundo hace, procedí a leer el libro previo al
visionado de la película. Ignoro por qué sigo haciéndolo, pues una de mis
mejores experiencias con respecto a la literatura fue cuando después de haber
visto De ratones y hombres (Gary Sinise, 1992; otro actor que se ponía tras las
cámaras), leí el libro de John Steinbeck. Ambos se dieron como se dan las
mejores cosas, de manera inintencionada. Una tarde de estas que transitaban
entre el apocamiento y el hastío, zapeando, una película comenzaba en Metro
Goldwyn Mayer. Sin nada mejor que hacer, me puse a verla. Poco hay que decir...
El que no la haya visto, tarda en hacerlo. John Malkovich, aquí, simplemente se
sale -de nuevo-. Actuación soberbia. Y el trasfondo y argumento de la historia
magnífico, tierno, doloroso, entrañable.
No tardaría en olvidar, no obstante, el título de la
película, aunque, siendo sinceros, no sé si llegué a conocerlo en algún
momento. Vi la película, me emocioné, y, en ese escondrijo en que quedan
resguardadas las sensaciones intensas, creí dejarla atrás.
Un verano, mucho después, me dio por meterle mano a una
colección de pequeñas novelas que en su día iban adjuntas a la publicación
semanal de un periódico, de las cuales mi familia había hecho en su día acopio,
poseyendo la serie entera. Comencé por Cela, al que siguieron Greene,
Hemingway, Highsmith y, un día, tocó Steinbeck. Me atraía ese título "De
ratones y hombres". Comencé a leerlo. Comenzó mi mente a reconocer algo
sin yo ser apenas consciente, sin sobresaltos. Y su riqueza me fue embargando,
me fue asombrando, encantando... Hasta que terminé por saberlo... En resumen,
una de las mejores experiencias de mi vida (junto a la felación que me hizo una
prostituta rumana y mi primera ingesta de hongos alucinógenos). No sé por qué
no he vuelto a hacerlo y siempre leo el libro antes de ver la película, hecho
que, como es lógico, termina por decepcionar.
Tal ha sido el caso con Child of God.
En el inicio de la película, el protagonista, Lester
Ballard, se dispone, culo al aire, a soltar un mojón como preludio-metáfora de
lo que a continuación, y a lo largo de 104 minutos, hará el director.
Vaya por delante que me esperaba a Tim Blake Nelson como
protagonista. Había oido su participación en la película y deduje que sería en
el papel de Lester; por lo que al ver a Scott Haze, la primera en la frente. No
estoy juzgando, para nada, el papelazo que se marca este último, que lo hace,
solo que leyendo la novela -voluntaria o involuntariamente- mi imaginación le
había adjudicado al personaje principal el físico del otro. Además, Tim Blake
Nelson tiene un rostro más presto a la demencia. Scott Haze no desagrada a la
vista, resulta incluso atractivo. No me vale.
Ligado con la vesania de Lester está también el enfoque que
se le da. No sé si ha sido voluntad del director o intuición de Scott Haze,
encaminándolo de ese modo, lo cierto es que la locura del protagonista de la
novela y del de la película difieren ostensiblemente. El Lester de Cormac
McCarthy es un loco comedido, hiératico, reconcomiéndose en sus adentros pero
físicamente impasible, independedientemente de sus gruñidos e insultos. El
Lester de Scott Haze es un tarambana con ramalazos esquizofrénicos, un
subnormal, la consecuencia del niño travieso e hiperactivo que ha crecido en
mitad del desamparo. Ejemplo de esto es el plomillazo que le mete de buenas a
primeras a la vaca.
El otro gran defecto de la película, en mi opinión, es la
calidad de la imagen, la fotografía, cubriendo Franco su película con esa
pátina tétrica propia del patético cine con el que Antena 3 nos agasaja en las
sobremesas de fines de semana y fiestas de guardar. Si algo destaca entre los
grandes autores literarios, a los cuales Cormac McCarthy pertenece, es el poder
de las imágenes que narran, esperándome yo en su adaptación, iluso, una
proporcionalidad.
Recalcaría también que la película carece del primitivismo
que desborda la novela.
Obligado es el comentario acerca del director como
justiciero final. Al verlo arropando al protagonista con la cámara desenfocada
arqueé una redentora sonrisa de orgullo y regocijo, olvidando todo lo anterior,
por su modesta aparición a lo Hitchcock; pero no tardó en asomar el ego
hollywoodiense (el mismo que lo ha llevado en un nuevo proyecto -la adaptación
de El ruido y la furia- a meterse en el papel de Benjy, cuando el de Jason le
viene que ni pintado) para enfocarse en un plano frontal advirtiendo al
protagonista, cual Némesis, de que es dueño de su destino.
Es justo señalar que tampoco es que sea horrenda, pues
partes como la cita con la novia cadáver (nunca mejor dicho) y el casquete y
confesiones de amor ante la atenta mirada de los peluches, valen muy mucho la
pena. Es solo que no le hace justicia a la novela, no está a la altura.
En cualquier caso, aguardaremos a la próxima...
pd: Fascinante resulta la vela que se le cae al colega
cuando se encuentra, en pleno éxtasis de su demencia, ajusticiando a sus dos
peluches. ¡Qué densidad blanquecina! Es apabullante el troncho que llega a
asomar. No hay nariz para tanta mucosa...
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sábado, 5 de diciembre de 2015
LOVE
Se abre el telón. Aparece un tía abierta de piernas masajeándole la polla a su novio mientras este le mete los dedos, dedos sobre los que ella sube y baja. Declaración de intenciones. La secuencia no es fugaz, el director decide mantenerla. Del masaje en la polla, se pasa a estrujarla, estando ya totalmente erecta, a reventar. El tacto se intensifica, se apasiona. Ambos se retuercen de placer. El tío le introduce un dedo en la boca; el otro sigue en el coño. La secuencia se acerca a los 2 minutos. Se aceleran las masturbaciones. Él se corre. Ella retoza. Comienza LOVE.
Pequeña secuencia familiar, y comida de coño, bragas de por medio. Enfundamiento del condón, y para dentro. Embestidas varias. Se retira el sujeto. <<Se rompió>>. <<¿Te viniste dentro?>>, pregunta ella, informándonos la afirmación del origen de la anterior secuencia. Primer plano de genitales, goma rota inclusive, y pantalla en negro. Noé es Dios.
Así da inicio la presentación de todos los personajes, de los principales. Murphy, atribulado protagonista al que asquea su vida marital. Electra (sí, como la hija de Agamenón y Clitemnestra), antigua novia de Murphy y verdadero amor. Omi, consorte accidental de Murphy. Y entre la historia de ambos, Noé, saltarín como de costumbre, transita, contándonos las idas y venidas (entiéndase el doble sentido) del tal Murphy que, incontinente seminal, hará trizas su relación, su vida y la de ellas.
Layla y yo tuvimos un día la misma conversación que tienen Murphy y Electra, la que da inicio a la tragedia. <<¿Cuáles son tus fantasías?>>. <<Me gustaría hacerlo con otra chica>>. <<A mí también me encantaría>>. Layla no quería verme a mí con otra. A Electra no le importa. Y aparece Omi, una chica de diecisiete años que se muda al piso vecino. Ménage à trois. Y Electra se va de viaje un fin de semana. Murphy folla de nuevo con Omi; queda embarazada. Sentencia de vida. Opio, cocaína, ayahuasca. Celos. Ruptura. ¿Por qué me ha hecho recordarla? La misma conversación. ¿Por qué? Pasarme la película pensando que todo eso lo podríamos haber hecho. Comerle el coño como a Electra en el minuto 52. Follarla suave, entre besos, con sus piernas totalmente abiertas, totalmente abierta. Meterme dentro cálidamente. Y sentirla encima, desnudos, con una gran cama para nosotros. Y después pasear por el parque con ella. Podríamos haber sido nosotros. ¿Por qué esta película ha tenido que recordármela?
- Am I the loser?
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