lunes, 25 de septiembre de 2017

#elclubdelospoetasvivos I

5:12 am. Diario de un convicto. Convicto de qué, se preguntará quien cojones lea esto: De una tradición, de una herencia, de un día a día, de una familia, de un entorno, de unos amigos. De un destino. De una existencia que aborrezco a la par que sin sabor alguno vivo. ¿Cuál es el camino más fácil? El suicidio. ¿El camino más corto? El suicidio. ¿El más sensato? Probablemente el mismo. ¿Por qué no lo hago entonces, por qué agarrarme a esta desvencijada esperanza que desde hace años -se dice pronto- yace en el interior de un pozo ambiguo? ¿Por qué seguir confiando en algo que no se ha realizado, que la realidad continuamente se encarga de evidenciar que no se realizará? ¿Cuál es, cuál fue el estúpido motivo? La noche sigue siendo oscura. Alcohol en sangre. Oigo el canto de un gallo en el campo abierto que anuncia la cercanía de un alba que yo en mis días ni tan siquiera atisbo. El calor de agosto atosiga en la perpetua cerrazón nocturna a un cuerpo desnudo, a un perenne cadáver que, no muerto, tampoco vivo, fija su mirada desnortada, insomne, en la búsqueda de una palabra, de una línea que lo salve de aquello de lo que si fuera valiente, egoísta, consecuente, lógico, amigo de sí mismo, habría hace mucho tiempo ya elegido.

¿Qué espero? Un beso de ella. ¿Qué temo? Pronto olvido. ¿Un segundo? Ya fue eterno. Y si duermo... Sueño, vuelo, quiero, muero.

El roce de su piel. Su olor, dulce delirio. El tacto de esos labios. ¿De verdad lo preguntaste, ilusa, <<solo amigos>>?



#elclubdelospoetasvivos II

De nuevo en el piso tras volver de clase. De nuevo ese sentimiento de pérdida. De ver que todo corre, que todo avanza y no me espera. Que la vida sigue su curso mientras no hay evacuación de mi estanque lleno, rebosante de remordimiento.
            Días de duda y reflexión. Me abandonó el tormento, la frustración. El futuro certero, eclipsado por la oscura neblina, empujado por la ciega madurez, tan solo aprecia la sucia y manchada realidad. Pasó el amor. Olvidé la aventura. Queda descontento y una preocupación absurda que cuestiona mi presente, advirtiendo la razón el abandono que, adherido a la pasión, siempre ha invitado a la ruptura. Descomprensión de la vida. Mirar escéptico. Transcurriendo sin sentido. Recordando pretéritos desestimados.
            Sin ambición. Sin creación. Sin rebeldía. Se extinguió. Se fugó. Concepción vital general de la gran vulgar mayoría….
            ¿Dónde está mi futuro? No aguanto este ocultamiento, esta nada, esta vacuidad. ¡Azar, manifiéstate! El tiempo pide fin. Me duele esta indecisión, este desconsuelo; el fluir no se plantea, está en juego el puto porvenir. La sociedad ganó la partida y la preocupación alcanza cotas inimaginadas. Se me impide el sueño. Amanezco a media madrugada y tardo horas en dormir de nuevo. Los despertares están embriagados de algo detestable. Que aparezca el punto de inflexión ya y abandone este estado, este déficit de decisión. Que el tiempo pase pronto, los astros me otorguen su favor y cese ya el abrumador canto del grillo.
            …Una señora pasea por la calle, con cuyo respiro, profundo, retumban las paredes de los hogares por los cuales avanza…
            Me sumerjo, ocultando mi peculiar azar, mi extraño hado que por temor e inconsciencia incumplo con torpeza. ¡Fatum! ¿Eres tú? ¿Sois vos mi albur? Por desconsideración te niego, incumpliendo los designios, violando las pasiones, desoyendo, eluyendo mi vivir. Mintiéndome. ¿Excusándome? ¡Engañándome! Solo a mí. Ya que mi debilidad te contraviene propongo un pacto, ¿vivir o no vivir? Vivamos, sé tú quien mi guíe. Infravaloremos mi inútil, inepto, estéril e inane libre albedrío, pues finalmente me encomendaré a ti. Mi esperanza se basa en ti. Mi insolencia te escupe a ti. Mi valor te aclama, ¡a ti! ¡Muéstrate ya, odioso porvenir!
           
            Obcecado en un fin improductivo, así me hallo. Desmoralizado y desganado, sin otro objetivo que alcanzarlo. Mi interior clama por un cambio, aunque estúpidamente prosigo… La lluvia no cesa. Las ondas se expanden con la caída de las gotas en los charcos. Mínimos sucesos dentro de mi alma se agrandan, agravando sentimientos ya de por sí consolidados. Mi carácter noqueado intenta ante un respiro levantarse. Ante una brizna de sol. Sin embargo, las nubes constantemente se imponen, y vuelvo al suelo. Bajar los brazos y ver cómo los golpes siguen. Cómo hay incluso ganchos fuertes. La miel estuvo en los labios. La justicia no la he visto. A la espera de una venganza paso los días grises. En busca del pensamiento. Impaciente reprimido. El objetivo sería la evasión. Me zambullo sin querer mojarme. Me ahogo. El agua no moja pero ahoga; no moja pero ahoga.
            La cuenta atrás no cesa, y yo mientras siento que caigo. Las semillas de otro tiempo dan su fruto, mas las malas hierbas crecen con tal fuerza que me impiden disfrutarlo. El futuro ya no es mi adversario. El presente me rehúye. Padre, ¿por qué me has abandonado? Enfrentado a un vacío sin cambio.
            Y mientras, siento que caigo…

jueves, 14 de enero de 2016

Fotografía cojonuda; interpretación errónea


Esta fotografía representa un cambio. Iba a comentarla ayer cuando la vi, pero al conocer que ABC la usaría para su portada, decidí aguardar. Y ha merecido la pena la espera. Para empezar, porque mi intuición ha sido confirmada: La tendencia política de esta línea editorial haría que picase, y por consiguiente la desperdiciara. Bieito Rubido y los suyos no han podido contenerse ante la imagen desafiante del perroflauta. Como un gordito en el cajón de los dulces, como putero en un prostíbulo, como una vieja de pueblo con un chismorreo del vecino, se han tirado a por ello. Delante, el malo; detrás, los buenos. Un engreído Antonio Rodríguez (el perroflauta en cuestión), párpados caídos, hocico altivo, avanza hacia el sitio del recién investido Presidente del Congreso. Tras él, un risueño Rajoy, metido hasta el momento en que irrumpe en su campo de visión el greñudo en la conversación que mantienen sus compañeros de partido. Don Mariano no se inmuta, es más, en su expresión se aprecia cierta sabiduría, cierta confianza, la experiencia del que se sabe bregado, curtido. Y en esa interpretación, ABC se zambulle: <<Los 69 diputados populistas (no sin razón, pues manda huevos Bescansa con el niño... Y el postureo de Pablito acunándolo... Pero en fin, faltan 67... Que se jodan, dirá ABC, justos por pecadores...) convierten la sesión en un espectáculo de salidas de tono (del tono habitualmente grisáceo del hemiciclo, supongo), mientras PP, PSOE y C´s (salvapatrias erigidos) cumplen -y aplauden- su acuerdo para el reparto (eso pone, amigos, reparto) de la Mesa>>.
Por si no es suficiente, en la esquina superior izquierda aclaran que el rasta no solo delinque, sino que se jacta de ello. Imparcialidad de los medios se llama esto, señores. 
La traca final de todo el tiroteo ha llegado cuando una de esas rara avis que, junto a Esperanza Aguirre, quedan en la política de hoy día con los suficientes cojones como para decir lo que piensa la mayoría de su partido, ha venido a enunciar que teme por la higiene del Congreso, dada la fauna que puede contener en tal frondosidad capilar el susodicho. 
No sé por qué pero ciertamente admiro a esta mujer por, al menos, decirlo. Es su punto de vista. Es el punto de vista, salvo contadas excepciones, de una generación. En ello está el error, pues no advierten que el continente ha sido relevado por el contenido. Una chaqueta con coderas ya no es indicio de progresismo. Y de eso son conscientes las nuevas generaciones (y no me refiero precisamente a las del PP, grupúsculo anacrónico, cobijado bajo la sombra de la torre de marfil de su estirpe). 
En ese mismo error cae la interpretación de ABC. 
No se dan cuenta. No lo advierten. Es lo que en inglés se denomina underrate. Subestimación. Menosprecio. Anclados al poder durante medio siglo, unos desarrapados como aquellos no les iban a quitar ahora el sitio. Y es de lo que en ese momento, cual epifanía, Rajoy parece enterarse, intentado, conmovido, sostenerse con su mano a un punto de apoyo para no desmoronarse. Ya están dentro, es demasiado tarde. Mientras a sus flancos, sus correligionarios charlan despreocupados, tendiéndose las manos, apalabrando políticas que creen les reafirman -como el "reparto" de la Mesa-, irrumpe en escena un joven, distinto, un joven llegado de otro estrato, cuyos méritos no son los hasta el momento establecidos. Y la sonrisa de la que gozaba el Presidente en funciones, ante la visión de ese joven que, a pesar de su indumentaria, se toma totalmente en serio su cometido, se va desvaneciendo, declina, se extingue, inmortalizando el fotógrafo con esa caída de labios toda una situación política en su ocaso, en su irrevocable crepúsculo.

miércoles, 13 de enero de 2016

Mas out, Carles Puigdemont is the "man"

Convergència mueve ficha. No ha colado el farol. Para chulos, los antisistema. Han perdido el pulso. Mas se retira alzando al aire el dedo advirtiendo que lo suyo no es un adiós. Pobre espantapájaros. Si de verdad este tío vuelve a primera línea política y su "paso al lado" no conlleva un hundimiento progresivo, podemos gritar en alto que nuestro sistema democrático está más que jodido. Lo triste es que es ciertamente plausible. Lo triste es que me lo creo. No por la veracidad que pueda conceder a su palabra (veracidad que se descalabra en cuanto asoma un ojo por la hemeroteca: Retrocedamos unos días para topar con sus ahora irrisorias "ganes de plantar cara a alguns d'aquí que posen les coses excessivament difícils"), sino por ser consciente de que el stablishment está lo suficientemente corrompido como para que la satisfacción de favores se emplace a un momento menos convulso, menos llamativo.
Para salir del paso -por otra parte, porque dudo que el pobre dé para más-, se ha colocado en la presidencia a Carles Puigmenont, antítesis de Arturito. En el lado bueno de este antagonismo está el inmaculado historial que supongo tendrá el escogido, siendo, probablemente, el menos salpicado dentro del consabido corrupto partido. En el lado malo, que carece por completo del carisma, la arrogancia y la apostura que poseía el que lo precede -actitud clave, mucho más, para un momento como este-. Puigdemont, por si no lo han advertido, además de feo, mustio y con voz de pito, es la personificación del café descafeinado, de la cerveza sin alcohol, de la ensalada sin sal, el amigo que se queda en una esquina y, tímidamente, sin abrir el pico, sonríe. Actitud que, por otra parte, junto con unos determinados ideales y la fidelidad a un partido, lo ha colocado en este sitio. No resta pero tampoco suma. Representa a la perfección el guiñol, el títere, un recurso en manos del partido: Solo hay que ver la imagen con Mas en su renuncia, donde el experimentado y atractivo líder de la manada le echa el brazo por encima al macho beta, gamma, delta, épsilon..., omega, porque momentáneamente lo necesita. El otro, atolondrado, superado, sonríe, regocijado bajo la encomienda que él, intuyo, creerá justificada, merecida.
Punto de más -de menos, es ironía- para demérito en la deriva que está tomando la pretendida República es el carácter provinciano que viene asumiendo desde hace un tiempo Cataluña, la cerrazón rural, el nacionalismo cateto y palurdo, la patada al cosmopolitismo de la pasada Barcelona, capital artística, y el enarbolamiento como doctrina del pensamiento payés. Ideario de Masía. Tendencia que Puigdemont, pueblerino que es y procediendo de donde procede, siempre que desde instancias más altas se le conceda alguna capacidad de iniciativa, supongo afianzará.
Amigos catalanes, estáis jodidos.


lunes, 11 de enero de 2016

David Bowie is (not) dead


Y no, no me estoy refiriendo al pedante sentido artístico que proclama el significado estúpido de que cada autor vivirá mientras lo haga su obra. Olvídenlo, deséchenlo, descártenlo, no van por ahí los tiros. Me refiero a que Bowie, simplemente, no está muerto, que sigue vivo y coleando -o culeando (con el historial que tiene, váyanse a saber)-.
No busco aquí, ni mucho menos, enarbolar una fantasiosa teoría de las que durante el siglo veinte han versado sobre la continuada existencia de Hitler o Elvis con aquí el hoy publicitado Duque Blanco, únicamente quiero señalar lo que a todas luces me parece un producto de marketing que traspasa un límite que a cualquier paleto le debe producir vértigo, pero que a un provocador nato como es Bowie, al fin y al cabo, se la debe de sudar por completo. Fingir la propia muerte, ¿y qué? Tiene su punto. Ver cómo todos los medios dedican unos minutos a tu persona, colocan un par de éxitos tuyos mientras pasan tus fotografías y, entretanto, tú lo ves -te ves- desde el sillón de tu casa. Si alguien es el indicado para hacer eso, ese, queridos amigos, es David Bowie. ¡Era Ziggy Stardust a inicios de los 70 cuando la vestimenta de los demás caballeros variaba entre la chaqueta gris o marrón! ¡Hacía tríos con Mick Jagger y su señora esposa cuando a la mayor parte de la población le daba reparos hablar de la virginidad! ¿Qué sería, comparado con la cantidad de barreras que ha destrozado este artista, fingir la propia muerte en pleno siglo XXI? Quizás una provocación un tanto más profunda -lejos de eso, nada más-.
Quiero decir, joder, su último single que sacó hace unos días -sí, unos días-, se llama Lazarus (Lázaro para los menos avispados), el hermano de María y Marta, el que vivía en Betania, el amigo de Jesús, ¡el que retornó de los muertos! ¿Soy el único que ha pesando eso, dios santo?  ¿Tan obstusas son las mentes que me rodean? ¿Tan encantados se tragan lo que enuncian los medios de comunicación que a su vez se han tragado previamente, crédulos, un par de comunicados del entorno del cantante? Cierto es que uno de ellos es de su hijo, Duncan Jones, pero tampoco de este puede decirse -a juzgar por su filmografía- que habite en la más estricta ortodoxia, dándole pavor publicar un comentario como tal si así fuera necesario.

No me extrañaría pues, de ninguna manera, que en un homenaje al cantante o acto similar, apareciera él mismo cantando Lazarus, así, a bote pronto, ante el shock de la audiencia, ante el delirio de los fans, el pajeo de los modernitos y el recelo de los retrógrados comentando que ante temas como estos no se debe jugar. No me extrañaría que se montase una gira de las que he leído que no hacía desde el 2006. Y no me extrañaria que obtuviera unos beneficios que ni los seniles Rolling Stones en sus últimas aventuras. Repito, no me extrañaría.
El tiempo dirá, en cambio, si me he equivocado y estoy haciendo el gilipollas tocando un tema al que la mayoría le da cierto reparo. Se me ha ocurrido y lo he escrito, para qué argumentar más... ¡Esto es libertad de expresión!

martes, 5 de enero de 2016




NO. Rotundo y sin paliativo. Comienzan a rodar cabezas: Baños, fuera. La cosa se pone interesante. La causa independentista se consume en sus propias llamaradas. Las ventiscas externas ya no sirven de nada, es desde dentro donde el proceso motu proprio se torpedea. Cartas bocarriba. Greñas con greñas, corbatas con corbatas.
Hay especuladores que argumentan la espantada del líder de los antisistema con vistas a un futuro político para su persona. El egoísmo del tópico catalán cobra lastimosas realidades; cada cual mirando por salvar su propio culo. Futuro que, ante el derrumbe de su ex-partido en unas probables nuevas elecciones, parece que tendrá lugar en ERC, los más que probables beneficiados de unos nuevos comicios. Irán estos solos, sin absurdas coaliciones, desligándose así del más que comprobado lastre. Junqueras sigue en la retaguardia, pero se le aprecia henchido, tomando aire, preparándose a volar: La CUP lo ve ya como candidato idóneo aunque él no da un paso al frente, a saber por dónde lo tendrá cogido CDC para que siga agazapado, doblegado, estando donde está. Supongo que esperará a las urnas, al igual que todos si queremos saber más...

lunes, 4 de enero de 2016

Horns




Atraído por mi candidez sempiterna, el aburrimiento y un fascinante cartel que elucubraba una combinación de mitología y misterio con un cásting sumamente aceptable, caí. Así es, queridos amigos, he de reconocer que caí.
Mi fascinante Providencia me quiso advertir que esquivara lo que me disponía a hacer cuando, al darle al play, se bloqueó el dvd. Tozudo como buen pueblerino que soy, ignorando señales, me empeñé en reanudar el proceso. Y volvió a fallar. Y yo volví a reanudarlo. Una vez. Y otra. Y otra. Hasta que la fuerza que me protegía, viendo lo cazurro de su protegido, optó por despejar la vía a mi emperrado albedrío y que mi propia decisión acabara por darme de bruces. Cosa que hizo, y bien fuerte.
Aparecieron en pantalla dos jovencitos abrazados que, tras un breve diálogo, desaparecen, comenzando la trama. Trama que pese a ser una inconmensurable cagada, sin darte reiteradamente más aliciente que presionar desesperado el botón de stop y dedicar tu tiempo a otra cosa, de un modo inexplicable, me mantuvo expectante hasta el final de la película. Quería saber cómo acababa toda aquella mierda. Aplaudan mi tolerancia.

Versa el estrafalario guión sobre una parejita que se hace trizas. No les diré el motivo para no destrozarles la expectativa pero, sin son cautos, ahoguen ahora que están a tiempo esa expectativa, corran de ella, huyan. El caso, entrando en materia, es que la chica de la pareja (Juno Temple) se esfuma, nadie sabe nada, ni el propio protagonista (Daniel Radcliffe), al que, en un orden de cosas totalmente razonable y lógico -entiéndase la ironía-, después de tirarse a una camarera, le salen cuernos (a él, sí). Y la peña comienza a confesarle conspicuos pensamientos que los reconcomen en su fuero más interno. O a pedirle consejo, no me queda del todo claro porque la cosa en el momento de su visionado se representa tan absurda que cualquier análisis, mucho más si este es a posteriori, no puede transcribirse y que suene medianamente sensato.
El chico, notorio pagafantas, intenta reconstruir la desaparición de su amada, comenzando un proceso en el que, además del crecimiento de sus cuernos (va a consultar a un especialista que termina tirándose a su ayudante delante de él; siento el spoiler pero era necesario comentarlo), se cuelga una serpiente al cuello, se provee de una horquilla (para los metropolitanos: Un apero de labranza con forma de tridente) y tomada conciencia de su papel, ala, a ajusticiar se dijo.

Yo era plenamente consciente de la porquería que me estaba tragando pero seguía sin despegar mi mirada de la pantalla. Es que era tan mala que escapaba de ese calificativo; no podía evaluarse, traspasaba el límite.
La persona que me acompañaba, previa reprimenda preguntándome qué carajo había puesto, confesó que era la película más mala que había visto en su vida. En su vida.

Por si fuera poco, por si no hubiera habido bastante, después de tan tremebunda y desconcertante basura, los artistas encargados de la elaboración de la película, dudosos de si no podrían hacer algo más, de si le quedaría un rescoldo a la crítica, brindan sin complejo alguno un desenlace sentimentaloide y ñoño. Con dos cojones.

Como conclusión ante el descalabro, solo me resta una pregunta. Impávido ya ante porquerías (he visto alguna que otra y no me asustan), el interrogante que me empuja es: ¿Qué coño hacen actores de la talla y trayectoria de Max Minghella (La Red Social, Ágora) o David Morse (La milla verde, En tierra hostil), o incluso Heather Graham, en semejante bodrio? ¿Qué les han dado? Podría entenderse todavía la presencia de Daniel Radcliffe, desesperado por arrancarse a tiras con proyectos irreverentes y políticamente incorrectos la imagen de Harry Potter, pero los demás, de verdad que se me escapa.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Continuará el 2 de enero...




Asamblea de la CUP. Domingo. 27 de Diciembre. El destino de Cataluña está en manos de un grupo de antisistemas -como tanto se pajean los medios de comunicación al nombrarlos-, aunque, si hablamos con propiedad, y a efectos verdaderamente prácticos, lo que se dirime aquí es el futuro político del antaño President, ahora aspirante a reelecto.
Arturito, ya convencido de que se ha bajado los pantalones todo lo que se los podía bajar, aguarda. Una cosa es que esté dispuesto a delegar competencias y otra, muy distinta, es que ponga su cargo a disposición del objetivo por el que lleva años peleando. Convertiriáse en ese caso en mártir y, como es sabido, los martirios solo conllevan recompensa en una plausible vida ultraterrena. El señor Mas, como buen hijo de vecino, quiere coger tajada, y quiere hacerlo en esta. Que los idólatras se pajeen con Maciàs y Ramones Berengueres; en pleno siglo XXI, prima la realpolitik. ¿Autoinmolarse a la espera de una ilusa canonización en los altares del República Catalana? ¡Ja! Preferible es colocarse en primera plana de la vorágine de un proceso que, sea por donde sea, acabará por estallar. Su figura política está muerta, qué más da. Al fin y al cabo, supongo que su perspectiva será la misma que la de cualquiera con un mínimo conocimiento político, es la única vía que le queda. Atar, con doble amarre -pesase a quien pesase- su futuro al de la Independència. Rojo o negro. Doble o nada. Me recuerda el señor Mas al patrio mito del Cid, aunque aquí el procedimiento viene siendo a la inversa: Mientras que el loado Díaz de Vivar, ante el sitio de Valencia, fue aupado, ya cadáver, a los lomos de Babieca, imprimiendo pavor y la consiguiente retirada entre el enemigo sarraceno; aquí, Monsieur Artur, también cadáver, trata de auparse, por si mismo (y con la abstención de alguno), al cabalgar del proceso, proveyendo de aliciente al enemigo y de lastre al compañero. Egoísmo al décimo exponente. Viva imagen de la política de nuestro tiempo. La filosofía para los filósofos. Los principios, para quien pueda tenerlos.
¿Un político luchando por los intereses propios? Nihil sub sole novum. El ridículo comienza con respecto a la reacción del resto. ¿Qué clase de intereses debe haber tras toda la parafernalia para que aún siga encabezando la principal alternativa? ¿Qué clase de intereses debe haber tras todo para que un tío como Oriol Junqueras que ha priorizado la Independencia sobre cualquier materia -política, económica o social-, permanezca amordazado y al regazo? ¿Qué clase de intereses debe haber para que un grupo de desarrapados antisistema (sé que lo dije antes; busco igualar las veces que lo han dicho los medios...) provoque un absurdo irrisorio que para la historia queda, resultando de una votación  (a todas luces amañada -pucherazo es el término castellano-) un increíble empate técnico? Ha de recalcarse que la votación era para decapitar políticamente a un burgués de la derecha más casposa. ¿Qué debe haber detrás, por Dios?

La decisión ha sido pospuesta al 2 de enero. Sinceramente, no sé a qué esperan, si un cataclismo con el año nuevo, una renuncia de Mas embriagado por el espíritu navideño..., de verdad que lo ignoro. Lo cierto y verdad es que si esta panda sin principio alguno va a ser la guía de un país en su nacimiento...


domingo, 6 de diciembre de 2015

Child of God




Fue (para llevar la contraria, como siempre) la película lo que me llevó al libro. Llevaba un tiempo siguiendo a James Franco, el típico guapito mimado por la industria que a nivel interpretativo, y a pesar de su juventud, ya lo había hecho todo: Encarnado con sobrada solvencia a James Dean. Codearse en pantalla con De Niro -comiéndoselo, encima-. Participado (luciéndose, de igual modo) en la superproducción que daría el pistoletazo de salida a toda la avalancha de adaptaciones cinematográficas de superhéroes del cómic -señero índice del éxito-. Actuado bajo las órdenes de tótems contemporáneos del séptimo arte norteamericano como Paul Haggis o Gus Van Sant -dando con este último una notable contrapartida a un Sean Penn ganador del Oscar-. (Nominación que él obtendría bajo las órdenes del director británico con el que, por su último -y no único- pelotazo, todos querían trabajar). También tuvo parte en sus correspondientes bodrios con los que procedería a llenarse los bolsillos (véase Noche loca; Come, reza, ama...). Estaba, pues, en la cima. ¿Qué le quedaba?

No fue puesto en mi camino, sin embargo, por lo mencionado (filmografía que cualquier guaperas sin más inquietudes que la de ser reconocido por hacer películas medianamente pasables pudiera soñar). Apareció en mi vida tras ver Howl, la adaptación del poema de Ginsberg. Películón, por si no la han visto.
Pasado un tiempo, llegó a mí que ese chico también dirigía, y que uno de sus proyectos era la adaptación de la vida de otro poeta, Hart Crane. Los focos de mi atención se cernieron entonces sin consideración alguna sobre su agradable figura.
Investigué un poco y me enteré de que durante toda la vorágine de éxitos arriba reseñados, el chico había estado matriculado en Filología Inglesa por la UCLA, realizando acto seguido un posgrado de Literatura en Columbia y doctorándose en Filología por Yale. Tócate los huevos. Mientras cualquier hijo de vecino se hubiese atracado con las mieles que le concedían semejantes triunfos (entiéndase coños, coches, mansiones, drogas, fiestas a todo trapo...) este chaval se había estado titulando en las universidades más reputadas del continente americano. Permítanme que me repita: Tócate los huevos.
Y con una nueva superproducción, Spring Breakers, él mismo -sí, él mismo- postulaba su merecimiento al Oscar. Cada vez me caía mejor este tío. De la película decir que, pese al ensañamiento de más de un crítico, su fotografía es exquisita y, salvando lo burdo y chabacano del enfoque en su papel (exculpémoslo, es el mal gusto de nuestros tiempos que lo exige por conceder realismo), cualquiera con unas mínimas nociones de mitología griega y Dionisos, puede poco menos que aplaudirlo.

Bien, pues tras todo ello, vino su verdadero debut -para mí- en la dirección. Ya consolidado. Ya "maduro". Formado y conformado en el aspecto literario, se decidió a llevar al cine un clásico contemporáneo: Child of God. He de confesar que hasta el momento no sabía de la novela. Conocía a Cormac McCarthy, por supuesto, pero no tenía conocimiento de esta obra en cuestión, por ello digo que fue la película la que me llevó al libro. Erróneamente, y como casi todo el mundo hace, procedí a leer el libro previo al visionado de la película. Ignoro por qué sigo haciéndolo, pues una de mis mejores experiencias con respecto a la literatura fue cuando después de haber visto De ratones y hombres (Gary Sinise, 1992; otro actor que se ponía tras las cámaras), leí el libro de John Steinbeck. Ambos se dieron como se dan las mejores cosas, de manera inintencionada. Una tarde de estas que transitaban entre el apocamiento y el hastío, zapeando, una película comenzaba en Metro Goldwyn Mayer. Sin nada mejor que hacer, me puse a verla. Poco hay que decir... El que no la haya visto, tarda en hacerlo. John Malkovich, aquí, simplemente se sale -de nuevo-. Actuación soberbia. Y el trasfondo y argumento de la historia magnífico, tierno, doloroso, entrañable.
No tardaría en olvidar, no obstante, el título de la película, aunque, siendo sinceros, no sé si llegué a conocerlo en algún momento. Vi la película, me emocioné, y, en ese escondrijo en que quedan resguardadas las sensaciones intensas, creí dejarla atrás.
Un verano, mucho después, me dio por meterle mano a una colección de pequeñas novelas que en su día iban adjuntas a la publicación semanal de un periódico, de las cuales mi familia había hecho en su día acopio, poseyendo la serie entera. Comencé por Cela, al que siguieron Greene, Hemingway, Highsmith y, un día, tocó Steinbeck. Me atraía ese título "De ratones y hombres". Comencé a leerlo. Comenzó mi mente a reconocer algo sin yo ser apenas consciente, sin sobresaltos. Y su riqueza me fue embargando, me fue asombrando, encantando... Hasta que terminé por saberlo... En resumen, una de las mejores experiencias de mi vida (junto a la felación que me hizo una prostituta rumana y mi primera ingesta de hongos alucinógenos). No sé por qué no he vuelto a hacerlo y siempre leo el libro antes de ver la película, hecho que, como es lógico, termina por decepcionar.

Tal ha sido el caso con Child of God.
En el inicio de la película, el protagonista, Lester Ballard, se dispone, culo al aire, a soltar un mojón como preludio-metáfora de lo que a continuación, y a lo largo de 104 minutos, hará el director.
Vaya por delante que me esperaba a Tim Blake Nelson como protagonista. Había oido su participación en la película y deduje que sería en el papel de Lester; por lo que al ver a Scott Haze, la primera en la frente. No estoy juzgando, para nada, el papelazo que se marca este último, que lo hace, solo que leyendo la novela -voluntaria o involuntariamente- mi imaginación le había adjudicado al personaje principal el físico del otro. Además, Tim Blake Nelson tiene un rostro más presto a la demencia. Scott Haze no desagrada a la vista, resulta incluso atractivo. No me vale.
Ligado con la vesania de Lester está también el enfoque que se le da. No sé si ha sido voluntad del director o intuición de Scott Haze, encaminándolo de ese modo, lo cierto es que la locura del protagonista de la novela y del de la película difieren ostensiblemente. El Lester de Cormac McCarthy es un loco comedido, hiératico, reconcomiéndose en sus adentros pero físicamente impasible, independedientemente de sus gruñidos e insultos. El Lester de Scott Haze es un tarambana con ramalazos esquizofrénicos, un subnormal, la consecuencia del niño travieso e hiperactivo que ha crecido en mitad del desamparo. Ejemplo de esto es el plomillazo que le mete de buenas a primeras a la vaca.
El otro gran defecto de la película, en mi opinión, es la calidad de la imagen, la fotografía, cubriendo Franco su película con esa pátina tétrica propia del patético cine con el que Antena 3 nos agasaja en las sobremesas de fines de semana y fiestas de guardar. Si algo destaca entre los grandes autores literarios, a los cuales Cormac McCarthy pertenece, es el poder de las imágenes que narran, esperándome yo en su adaptación, iluso, una proporcionalidad.
Recalcaría también que la película carece del primitivismo que desborda la novela.

Obligado es el comentario acerca del director como justiciero final. Al verlo arropando al protagonista con la cámara desenfocada arqueé una redentora sonrisa de orgullo y regocijo, olvidando todo lo anterior, por su modesta aparición a lo Hitchcock; pero no tardó en asomar el ego hollywoodiense (el mismo que lo ha llevado en un nuevo proyecto -la adaptación de El ruido y la furia- a meterse en el papel de Benjy, cuando el de Jason le viene que ni pintado) para enfocarse en un plano frontal advirtiendo al protagonista, cual Némesis, de que es dueño de su destino.

Es justo señalar que tampoco es que sea horrenda, pues partes como la cita con la novia cadáver (nunca mejor dicho) y el casquete y confesiones de amor ante la atenta mirada de los peluches, valen muy mucho la pena. Es solo que no le hace justicia a la novela, no está a la altura.

En cualquier caso, aguardaremos a la próxima...

pd: Fascinante resulta la vela que se le cae al colega cuando se encuentra, en pleno éxtasis de su demencia, ajusticiando a sus dos peluches. ¡Qué densidad blanquecina! Es apabullante el troncho que llega a asomar. No hay nariz para tanta mucosa...

sábado, 5 de diciembre de 2015

LOVE




Se abre el telón. Aparece un tía abierta de piernas masajeándole la polla a su novio mientras este le mete los dedos, dedos sobre los que ella sube y baja. Declaración de intenciones. La secuencia no es fugaz, el director decide mantenerla. Del masaje en la polla, se pasa a estrujarla, estando ya totalmente erecta, a reventar. El tacto se intensifica, se apasiona. Ambos se retuercen de placer. El tío le introduce un dedo en la boca; el otro sigue en el coño. La secuencia se acerca a los 2 minutos. Se aceleran las masturbaciones. Él se corre. Ella retoza. Comienza LOVE.
Pequeña secuencia familiar, y comida de coño, bragas de por medio. Enfundamiento del condón, y para dentro. Embestidas varias. Se retira el sujeto. <<Se rompió>>. <<¿Te viniste dentro?>>, pregunta ella, informándonos la afirmación del origen de la anterior secuencia. Primer plano de genitales, goma rota inclusive, y pantalla en negro. Noé es Dios.

Así da inicio la presentación de todos los personajes, de los principales. Murphy, atribulado protagonista al que asquea su vida marital. Electra (sí, como la hija de Agamenón y Clitemnestra), antigua novia de Murphy y verdadero amor. Omi, consorte accidental de Murphy. Y entre la historia de ambos, Noé, saltarín como de costumbre, transita, contándonos las idas y venidas (entiéndase el doble sentido) del tal Murphy que, incontinente seminal, hará trizas su relación, su vida y la de ellas.

Layla y yo tuvimos un día la misma conversación que tienen Murphy y Electra, la que da inicio a la tragedia. <<¿Cuáles son tus fantasías?>>. <<Me gustaría hacerlo con otra chica>>. <<A mí también me encantaría>>. Layla no quería verme a mí con otra. A Electra no le importa. Y aparece Omi, una chica de diecisiete años que se muda al piso vecino. Ménage à trois. Y Electra se va de viaje un fin de semana. Murphy folla de nuevo con Omi; queda embarazada. Sentencia de vida. Opio, cocaína, ayahuasca. Celos. Ruptura. ¿Por qué me ha hecho recordarla? La misma conversación. ¿Por qué? Pasarme la película pensando que todo eso lo podríamos haber hecho. Comerle el coño como a Electra en el minuto 52. Follarla suave, entre besos, con sus piernas totalmente abiertas, totalmente abierta. Meterme dentro cálidamente. Y sentirla encima, desnudos, con una gran cama para nosotros. Y después pasear por el parque con ella. Podríamos haber sido nosotros. ¿Por qué esta película ha tenido que recordármela?

- Am I the loser?



jueves, 26 de noviembre de 2015

Las niñas te lo quitarán

Había una vez un niño tímido y sonrojadizo, un niño que solo se quería enamorar. Los demás niñitos le comentaban que estaba loco, que esas cosas acababan por hacer daño, se lo habían dicho sus papás.
En el barrio en que vivía el niñito, solo había niños, pero los sábados de mercado, había visto pasear junto a los puestos a una niñita con su abuelo. <<¿De dónde será esa niña?>> se preguntaba. Un día, cuando su hermano mayor hablaba con sus amigos, quiso averiguarlo. <<Aquí no hay niñas, viven en otra ciudad>> le contestó su hermano. <<Olvídate de ellas>> le aconsejó uno de los amigos con los que hablaba.
Pero él no se podía olvidar, pasaba las noches y los días pensando en la niñita, en su cara redonda, en sus paletitas.
A la semana siguiente, volvió a verla, de la mano de su abuelo, tocándose con su mano libre el pelo canela mientras miraba a todas partes curiosa, inquisitiva.
<<Papá, ¿por qué en esta ciudad no hay niñas?>> le preguntó un día cuando los dos estaban sentados en el sofá. Su padre, se levantó y se colocó frente a él. Tomándole su mano, su pequeña manecita, se la llevó a su pecho de niño, a su corazón. <<¿Lo sientes?>>. <<Sí>> contestó el niño. <<Pues las niñas te lo quitarán>>. Él no supo muy bien qué era a lo que su papá se refería, pero seguía queriendo ver a la niña.
Cuando su papá lo acostaba y lo arropaba bajo las sábanas, dándole las buenas noches y él quedaba allí calentito, se ponía su pequeña mano en el corazón pensando en lo que le había dicho su papá, y así se dormía.
Las semanas pasaban y cada día de mercado se asomaba a su ventana, viendo a la niña con su abuelito. Se ponía la mano en el corazón y se dio cuenta de que al verla se le aceleraba, iba más rápido.
Hasta que un día decidió marcharse. Cogió de debajo de la cama su pequeña maleta y dobló su ropita dentro. La tomó y cerró suavemente la puerta para que nadie se enterase. Salió despacio pero decidido. La encontraría.
Preguntó por la calle y una anciana muy simpática le dijo que para ir a la ciudad en que vivían las chicas debía de coger un autobús. Se fue a la parada y allí esperó hasta que llegara su transporte, sentado, balanceando al aire sus piernecitas que colgaban del asiento, ilusionado. <<Voy a verla. Voy a conocer el AMOR>> se decía mientras se sonrojaban sus mofletes.
Llegado el autobús, dio un brinco del asiento, tomó su maletita y se subió. Todos miraban a aquel pequeño, incluido el chófer, que con media sonrisa le preguntó dónde iba. <<A la ciudad de las chicas>> contestó el niño resuelto. <<Ah, bien>> repuso el chófer. Le dijo el precio y el niño abrió su pequeña manecita que agarraba las monedas sobre la mano grande del chófer, dejándolas caer. Avanzó por el pasillo y se sentó en un sitio, poniendo su maletita en el asiento de al lado.
Miraba cómo pasaba la ciudad a través de las ventanas, no atendiendo al paisaje que transcurría, solo sentía su corazón golpear cada vez más fuerte sobre su pechito, notando una nueva cosa en la barriga. Era como aire, era como algo que lo levantaba, que lo llevaba.
El niño se bajó del autobús sin saber por dónde iba a empezar a buscar, y justo en ese momento, para su sorpresa, de una tienda, salió el abuelo de la niña. Decidió seguirlo, con sus pasitos cortos, mientras el viejo caminaba lento por su chivata. Anduvieron hasta que el abuelo se metió en una casa. El niño decidió esperar escondido tras la casa vecina. Y de repente, de la nada, apareció ella. Venía con otras niñas. El niño se quedó ojiplático mirándolas a todas. Se despidieron unas de otras y ella llamó al timbre. El niño, con sus piernecitas, salió corriendo a buscarla intentando llegar antes de que le abrieran la puerta. <<Espera>> gritó, forcejeando como podía con su maleta a rastras. No llegó a tiempo.
Dejó su maletita apoyada contra la acera y miró la puerta. Quedó pensando qué hacer. Tenía que llamar. Y lo hizo.
Estaba nervioso. Se secaba su boca, y el corazón, ahora más que nunca, retumbaba contra su grácil pecho. Abrieron la puerta. Era ella. La miró sonriente, era guapísima, no podía creerlo, la tenía delante, era ya un sueño hecho realidad. Continuaba mirándola, pero entonces se dio cuenta de que ella no hacía nada, lo miraba con indiferencia. <<Ho-hola>> dijo el niñito, saliéndole la voz entrecortada. La llamaron desde dentro y ella, sin pensarlo, le cerró la puerta en la cara.
El niño quedó mirando al suelo, al pie de la puerta, notando cómo un gran peso le caía encima, el peso de casi toda una vida, demasiado para su pequeño cuerpo. Decidió sentarse en la acera, viendo la tarde pasar. Esperando.
Horas más tarde, su amada volvió a salir, iba con su abuelo, de paseo. Él la miró, dañado, pero de nuevo con ilusión. Y volvió a decirle hola. No hubo respuesta. <<¿Quién es?>>, le preguntó el abuelo a la niñita mientras se alejaban, y esta, en una frase lapidaria que el niñito oyó, dijo <<No sé. Un niño raro>>. El niño quedó solo, viendo cómo se alejaba para siempre por la calle. Pareció que iba a llorar, torciéndose su expresión, no obstante, se levantó, cogiendo su maletita y, con sus pequeños pasos, volvió a casa.
Al llegar todos le preguntaban que dónde había estado, pero él nunca dijo nada. Y así siguió su vida.

Una noche, su papá lo acostó y lo arropó, deseándole las buenas noches, dándole un beso. Tras salir, apagó la luz y cerró la puerta, quedando el niño mirando el techo oscuro. Sacó su manita de debajo de las sábanas y, recordando lo que un día le dijo su papá, se la llevó al corazón...
Y entonces lloró.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

La verdad sobre Layla

Acabó antes de empezar. A mi pesar. No sé cómo, intuyo el por qué. Yo fui un gilipollas que me centré demasiado en mí mismo, en mi salto, dejando de lado lo que de verdad importaba, la fuerza que me impulsaba: Ella.
Hoy me ha dicho que se acabó; aunque se acabó antes; se acabó con ese cúmulo de <<No me apetece>> y <<No estoy de humor>>, con niñerías de un niñato incapaz de afrontar una relación. Yo la desesperaba, y le decía TE QUIERO. Ella se enfadaba diciéndome que no sabía lo que significaba eso. Nunca me creyó.
No hubo vez que lo dijera sin sentirlo. No hubo vez que lo declarara sin sonreír imaginando como al otro lado del teléfono estaría ella tomándome demasiado en serio, con esa carita redonda y lisa, con esos dientecillos asomando tras esa boca que en ese momento hubiera matado por besar. Porque fue distinta a todas. Porque, pese a la distancia, fue real. Un continuo enfado. Una perpetua reconciliación. Porque adoraba discutir con ella, porque era consciente de que no nos podríamos pelear. La insultaba y acto seguido le decía <<Quiero follarte>>, contestando ella <<Y yo a ti>>, bifurcando el cabreo hacia una eclosión sexual. Qué más daba el tema, eran solo palabras. Ella y yo; sobraba lo demás.
No sé cuántas veces pude pedirle matrimonio. Es una de las cosas que echaré en falta. Pequeños detalles le iba comentando cada vez que se me ocurrían. Quiénes serían los padrinos, dónde podríamos celebrarlo. El postre acordamos que sería una tarta de merengue, pero yo a ella, como sorpresa, le pasaría a escondidas un crêpe de esos a los que era adicta.
En cuanto al viaje de novios, le dije que no importaba el sitio, porque no la dejaría salir de la habitación.
Me enamoraba comentarle estos detalles a sabiendas de que nunca tendrían lugar. Imaginarlo era una forma de vivirlo.

Desde el primer momento, desde aquel correo que me notificó su respuesta en una web de viajes, supe que era una de ellas. Una de esas mujeres que, contadas con los dedos de una mano, te pasan factura. Una de esas que recordarás toda tu vida. Vivimos poco juntos, y qué. Sé que no la olvidaré jamás, porque me hizo soñar. Llegó a mi vida en un momento totalmente oscuro, donde la esperanza se había fugado. No había nada. E irrumpió ella (aunque costó que irrumpiera; una convicción absurda me hizo atosigarla día y noche, especialmente las noches, hablándole, lanzándole preguntas que ignoraba, respondiendo a los tres días; pero yo insistía; insistía porque estaba seguro que era una de ellas). Y una madrugada de domingo, el cambio. Un órdago. Toda la mañana del lunes hablamos. Bueno, hablé; ella según la costumbre. Pero por la noche... Por la noche algo pasó. Pasó que fui correspondido, incrédulamente correspondido. Todo se volvió realidad.

Y le dije que me iba a Barcelona. El motivo no era ella en exclusiva, pero sí el que pesaba más. ¿A quién coño le importaba encontrar trabajo o la Indepèndencia? A mi solo me importaba sentir su piel, sus labios, esa vagina que intuía mágica. No veía otra cosa que mi vida con ella. Me advirtió que quizás no me gustase, que a veces era insoportable. Yo le repetía una y otra vez <<Y qué>>. Sabía que podría tolerarlo todo, que esas mañanas de domingo pasadas bajo las sábanas compensarían cualquier cosa, esas mañanas que solo dejaríamos atrás para comer, para cuando, hartos de habernos comido uno a otro, pidiésemos pizza a domicilio, saliendo ella desnuda de la cama una vez sonara el timbre para ir a pagarle al repartidor, poniéndose mi ropa, mi camisa de la noche del sábado que había dejado sobre su silla. Noches de sábados que pasaríamos en cines, toqueteándonos en la oscuridad, o en restaurantes, toqueteándonos bajo las mesas, mientras la veía comer como una gorda, como mi gorda. Y los días entre semana pasarlos abrazados, bajo una manta, haciendo como que mirábamos la tele, sintiéndonos por debajo, besándonos. Porque no pararía de besarla. Su boca suave y cálida. Y mirarla. Mirarla cada día, cada mañana cuando guapísima se fuese a trabajar, cada noche cuando, aún más guapa, sus párpados bajaran. Y besarla, en la mejilla, arropándola con la manta, dándole las buenas noches.
Porque me cuesta pensar qué será mi vida a partir de ahora, porque ya la había incluido en ella. Porque me imaginaba yendo fines de semana por ahí, perdiéndonos cuando se sacase el carnet. Me imaginaba yendo a Andorra, y a Perpignan, qué más daba. Me imaginaba yendo a mil viajes, a Lyon, a Turín, a esas dos ciudades mágicas, con ella. Escucharla mientras charlaba como una cotorra por las calles extranjeras con ese acento suyo que me encantaba. Y verla dormir cuando arribásemos cansados al hotel; pagaría por verla dormir.

Pero me lo perdí todo. Lo perdí todo. Lo aposté todo a la química y perdí; hacía falta más para una chica así. Me perdí verla sonreir. Me perdí verla llorar. Me perdí ver que me viera y nos entendiéramos sin más, sobrando como habían sobrado siempre las palabras. Me perdí comer helado junto a ella. Me perdí verla en la playa. Me perdí follarnos a lo bestia fundiendo nuestro aliento. Me perdí sus agobios, sus pesadillas, sus ilusiones y descalabros. Sus abrazos. Me perdí mirarla a los ojos. Me perdí verla crecer como persona. Me perdí verla embarazada (había de ser una embarazada preciosa). Me perdí ver cómo pasaban los meses, los años. Me perdí verla envejecer, ver cómo sus manos se arrugaban sobre las mías. Los baños juntos, las risas juntos, las peleas. Todo, me lo perdí.

No sé qué más decir. Menos no puedo decir. La cosa se resumiría con un simple Te quiero, pero ella quizás seguiría sin creerme. Espero que me crea al menos cuando digo que la querré siempre.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Layla es gilipollas

Siento posponer la segunda parte de la entrevista pero otras temáticas urgen con más apremio. Como Layla. Y su absurdo atractivo.

Ayer la vi, por primera vez. Tras haber estado pasando desde mi llegada, tras que todas las esperanzas estuvieran a punto de convertirse en nada, tras hacer de tripas corazón, ayer la vi, por primera vez.
El viernes hubo un amago de cita. Me lo propuso ella (hecho que le parecía poco menos que una afrenta); le di largas. Tal y como se había portado, teniéndome abandonado desde hacía casi una semana, debía devolvérsela.
Ayer, sábado, intuyendo que su ego vencería a su libido y esto se convertiría en un toma y daca, opté por adelantarme intentando sonsacarle qué planes tenía. Me contestó que estudiaría en la biblioteca hasta que la echaran.
Al acercarse la hora, o ya llegada más bien, me preguntó, solícita y altiva, que qué iba a hacer. Desde luego cualquier cosa menos ponérselo fácil... Estuve jugueteando con ella durante unos veinte minutos. Me dijo que me dejase de tonterías y no tardase, que me esperaba en la parada Ciudatella (21:25 h). Me fui a afeitarme, a mirarme hasta la saciedad en el espejo, a valorar que mi ropa era la adecuada, y entonces, solo entonces, a ir, tranquilamente...
A las 22:23 h., mi metro llegaba a Ciudatella/Vila Olímpica. Allí estaba, con sus apuntes abiertos, estudiando disimulada, con un jersey blanco y su melena castaña que caía en dirección al cuaderno. La vi a través de las ventanas del vagón. Se bajaron los demás pasajeros. Yo caminé pausado hacia ella, y me coloqué delante. Alzó la mirada al sentir que tenía alguien tan cerca. Me vio. Sonrió y quedó quieta. Le tomé la cara y le di dos besos. Era más fea de lo que imaginaba. Una nariz aguileña, cuya vertiginosa curva pasaba desapercibida en fotos por su perspectiva frontal, era quizás el cambio más señero. Para bien, un escote algo pronunciado evidenciaba que en la tasación de sus tetas las fotografías también habían sido inexactas. Con respecto a su culo anduve algo dubitativo hasta más adelante, ya que su reticencia al describirlo en nuestras conversaciones por whatsapps (nuestras temáticas, como advierten, eran de lo más variadas) me tenía en ascuas. Tras sopesarlo fríamente acordé que era un culo aceptable. Un culito. Era pequeño pero nada desdeñable, como atestiguarían mis manos hacia el final de nuestra velada.
Estuvimos dando vueltas por Barcelona sin más aliciente que el de la compañía del otro, porque digamos someramente que el clima no acompañaba.
Hasta que, hartos de hablar, decidimos descender al metro y cada cual a su casa. Fueron varios los momentos en que se puso a huevo el beso pero, inesperadamente, cuando acordé, ella me estaba dejando en mi parada. Me negué y dije que yo la acompañaba a la suya, en la misma estación. Así, nos fuimos encaminando, prorrogando el instante, hasta que ella, más ducha en los escondrijos de la ciudad, supongo que con toda la intención, me dijo de bajar en el ascensor. Seguí sus pasos. Marcó el botón. Se cerraron las compuertas y ella se colocó alejada. <<Ven aquí>>, dije nada más comenzar a bajar. Y sonriendo, sin tiempo intermedio, se acercó. Se pegaron nuestros labios. Dirigí mis manos a sus caderas, descendiendo hacia su culo. Ella rodeó con sus brazos mi cuello. Sin parar. Intentando frotarse con mi polla (esta reiterada acción me hizo ver que sus ganas eran infinitamente superiores a las mías pero que la moral pacata seguía pesando aún hoy como para que de no haberme tirado yo al charco nos hubiésemos despedido con un mero hasta luego). La puerta se abrió. Un treinteañero, bajito y medio calvo, con una vieja -su madre, supongo-, sonreía al ver, ciertamente incómodo, la representación del tópico en el ascensor. Bajamos. Le pellizqué el culo al hacerlo, casi metiéndole el dedo. <<¿Qué haces?>>. <<Lo que me dejas...>>. Con el rabo en pleno desatino marcando el pantalón, buscaba aturdido un sitio donde poder recluirnos para seguir besándonos. Total, ya puestos... No obstante, se me adelantó, sentándose en un banco. Totalmente pegados. 5:36 minutos faltaban para que el metro arribara, señaló el marcador. Estábamos perdiendo el tiempo. Me acerqué para besarla. <<Aquí no>>. <<¿Por qué no?>>. <<Porque hay mucha gente>>. Me conformé con morderle el dedo con el que se rozaba la cara. Me quité el abrigo para taparme la erección que forcejeaba con la textura rígida del vaquero. No sabía adónde mirar, solo pensaba en seguir besándola. Ella parecía cómoda. Yo, a falta de pan, comencé a pellizcarle el culo. <<¿Qué haces?>>. <<¡Lo que quiera!>>.
El metro no tardaría en llegar. Se levantó. Intuyendo que el frenesí besucón había concluido al salir del ascensor, permanecí sentado. Ella se quedó parada. <<¿No me despides?>>. Me incorporé y le di dos últimos morreos. Se alejó corriendo y sin mirar atrás. Yo, consciente de que mi polla estaba expuesta a cualquiera que reparase en mi persona, intenté ocultarla tras el abrigo. Y así me fui a mi parada. Y así acabó el día.

Hoy no he tenido noticias de ella. Mi propuesta de volver a quedar fue revocada por la justificada respuesta de <<He quedado con mi padre y luego para estudiar>>; los intentos de conversación, aplacados con monosílabos. Acabo de preguntarle si le pasa algo y, tras una hora, me contesta sorprendida que no.
Y a mí, a estas alturas, me surge un interrogante: Viendo cómo se rozaba ayer, cómo acabó la cosa -propicia para continuarse-, cómo podíamos haber pasado la tarde follando sobre la cama en la que he estado todo el día solo, ¿a qué coño se debía la espantada? ¿Hice yo algo mal, o es que las tías simplemente eran gilipollas?

martes, 17 de noviembre de 2015

Día 1 en los Països Catalans

En verdad es el día 2, pero ya he confesado que persigo la máxima de escribir cuando me sale de los mismísimos huevos.
Para ser sinceros, es día 1 y medio, porque cuando llegué había anochecido. Sea lo que fuere, aquí estoy.

Soportadas 10 horas de viaje, más que las cuales pesó la presencia de un par de cotorras que, expertas en la mayoría de los temas -o que al menos se hacían oír como si lo fueran-, se agarraban con tesón al eslogan <<mejor muerta que en silencio>>.
Como les digo, llegué sobre las 20 h., montándome en el metro que me llevaba al piso desde la estación de Sants. La primera en la frente llegó por megafonía, donde tras anunciar el mensaje primero en catalán y luego en inglés -lengua internacional por antonomasia- vino en tercer lugar, último lugar, en lenguaje castellano: Marcando territorio.
La segunda no fue más que la confirmación de un tópico: El carácter austero de los catalanes. Las escaleras mecánicas de la estación tenían dos velocidades, para cuando estaban en uso y para cuando no -ralentizándose, casi estáticas, en este último caso-.

En lo que se refiere a mi alojamiento, nada señero que resaltar. He pasado un frío del carajo esta noche, pero habituado al clima sureño, es lo que tocaba, además, reiterándose el racanismo acabado de exponer, el Todo Incluido en los gastos del piso que apalabré con el dueño se ha esfumado ipso facto cuando he manifestado mi deseo de poner la calefacción.

Madrugué para ir a repartir currículums (mi preludio de prostitución) y agotado de andar, de ver esteladas por los balcones (me parece más ridículo cuando veo las banderas de España, todo hay que decirlo) no tardé en regresar al piso, mi piso glacial, donde he tenido más tiempo puesto el abrigo que en la propia calle.

Acaba de llegar ahora mi casero, y la simpatía que ayer desbordaba el cabrón cuando le solté a tocateja los 500 euros (en negro, haciendo Patria) se ha evaporado por completo. Vamos a ver en lo que queda la cosa.

Por cierto, sin noticias de Layla.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Yo soy yo sumergiéndome en las putas circunstancias

Difiero intensamente de la teoría de Ortega, ya que si en algún momento uno es consciente de su individualidad, de sí mismo, lo es conforme más expuesto se encuentre a las mencionadas putas circunstancias.
Si algún día optan por tomar en su vida veredas filosóficas, miren hacia el Este. No hay validez en Occidente; paparruchadas, falacias intelectualoides; mucha teoría y poca praxis.
No obstante, no estoy aquí para adentrarme en tan hondas cavidades. El título de esta entrada viene a hacer referencia a que, aunque no configuren propiamente mi persona -mis circunstancias, digo-, haberlas, haylas.

Llegado al cuarto de siglo, bien meditado el asunto, resolví que la vida no podía reducirse a lo que yo hasta entonces estaba viviendo. Así, en el verano de 2015, pasado un año a todas luces fatídico, procedí a emprender un tanteo de ruptura, perdiéndome durante un mes por diferentes países de Europa.
La desconexión, quedó patente, fue efímera, pues nada más bajar del avión me esperaba allí con los brazos abiertos la pregunta que con ese viaje intenté ingenuamente esquivar: "¿Qué cojones hacer con mi vida?".
El interrogante ya había sido pospuesto por dos años, tras los cuales, tocadas un par de vertientes, valoradas todas las posibilidades, seguía en el mismo sitio que en el 2013 cuando finalicé una licenciatura sin más valía que la que -hablando de pragmatismo- poseía nominalmente.
Se me planteaba entonces seguir topetándome contra el Muro (hacer un máster, vaciando mis bolsillos y engordando los de alguno, para después de un año tornar a lo mismo -eso sí, con un nuevo título en mi currículum, ahí es nada-; u opositar, despilfarrar mi tiempo por un puesto rutinario y mísero que, en el caso de conseguirlo, me permitiese almacenar los suficientes fondos para conocer a una chica, convencerme de que era la verdadera, follármela cuando ella gustase, aguantarla mientras tanto, comprar una casa, casarme y tener hijos) o continuar mirándolo, quieto, advirtiendo con cara de asco y escepticismo que todos aquellos que se pegaban cabezazos contra él estaban más que equivocados (en resumidas cuentas, la desagradecida ocupación que venía ejerciendo de aquí a un par de años).
¿Qué hacer, por tanto? No quería adentrarme en ese camino que intuía amargo, erróneo; tampoco podía seguir parado...

Opté por lanzarme campo a través. Huir hacia delante. Correr despavorido, como un demente. A estos años no estaba seguro de lo que quería, pero sí lo estaba, por completo, de lo que no quería.
Escapar, de acuerdo. ¿Adónde?

Digamos que la situación se fue configurando por sí sola. Recluido durante toda mi existencia en un minúsculo y retrógrado pueblo que no cambiaba, y no tenía intención de hacerlo, el destino quedaba más o menos claro: Una gran ciudad. Valoré durante un tiempo la emigración al extranjero, a la antigua usanza, sin trabajo, sin becas, llegar con una mano detrás y otra delante, como nuestros ancestros, y hartarme de fregar cacerolas (kitchen porter es ahora el término) por un raquítico sueldo. ¡Un saludo a nuestro Gobierno!
No tardé en descartar tal rumbo. No exclusivamente por eso, pesó en mi decisión sobremanera el clima. Me bastó un vistazo a una web meteorológica que me facilitó las temperaturas medias en los meses que se avecinaban para preguntarme a mí mismo dónde coño iba. Mis ansias de salir no se equiparaban al padecimiento de tamañas penurias.

Quedaron Madrid y Barcelona. La ocasión la pintan calva, dijeron, y apareció Romeva. El proceso independentista se volvía plausible por un ímpetu al que la ineficacia de un Partido no sabía reaccionar. Y las elecciones lo sirvieron en bandeja. Los adalides de la Independència, metidos en el barro hasta las cachas, decidieron que era tarde para recular, aprovechando el resquicio que dejaron las urnas. Entraron en terreno. Fijaron el acelerador, cerraron los ojos, se taparon los oídos; y en esas estamos. Sin posibilidad de retroceso.
Tras valorarlo, ante la ocasión de que este fuera verdaderamente un momento histórico, uno de esos a los que se les dedica un párrafo en enciclopedias y en manuales coordinados por vejestorios en departamentos de facultades, no tardé en determinarlo. Tampoco es que hubiera otra cosa mejor que hacer.
Pero, cándidos lectores, no crean que solo este pretexto, ínfimo en comparación, fue el motor que dispuso mi marcha a estos nuevos territorios... Layla y sus tangas también tuvieron su peso.




lunes, 9 de noviembre de 2015

Declaración de Independencia

Pistoletazo de salida. Los caballos se preparan, bufan, rasgan la arena con sus herraduras. La gente se agarra a sus asientos, estirazando el cuello, abriendo bien los ojos. Los jinetes, demasiado inmersos como para analizar nada, se dejan llevar por el instinto, por la inercia. Se abren las compuertas. Comienza la carrera.

Día señero. Posibilidad de Historia. No hay fuente de información que hoy, 9 de noviembre, prescinda de la palabra Cataluña. Bueno, ya estamos a 10. Arguyamos en defensa de mi pereza que el análisis ha de ser a posteriori. En cualquier caso, mientras el Consejo de Estado, convocado con urgencia, realiza un informe que el Parlament se pasará por el arco, y a pocas horas de la sesión de investidura en la que, o bien la CUP se bajará los pantalones autojustificándose con un "Tot per la pàtria", o bien el señor Mas se verá relegado a un ostracismo político del que jamás saldrá, yo doy inicio a mi crónica.

No lo he pensado dos veces. En cuanto oí la noticia, saqué un billete de tren. El lunes que viene estaré camino de Barcelona. La acción debe vivirse desde dentro. Quiero mirar con descrédito los folletos propagandísticos que me sean entregados por idólatras exaltados que corean INDEPENDÈNCIA. Quiero conocer si son conscientes de la complejidad del término. Quiero atender las razones, si las tienen, que esgrimen unos y otros. Quiero saber si tras toda la parafernalia, además de rebaño, hay cabezas con cerebro. Quiero ser testigo de un proceso que, al fin y al cabo, me la suda por completo. Tengo que irme a Barcelona, es lo único que sé. ¿Y por qué? Por varias razones. La principal es que puedo. La fundamental, que debo.